Viento

Historias

Confiaban en que el viento asomase con fuerza esa misma tarde. Andrea soplaba su flequillo, queriendo provocar a la naturaleza. Como quien bosteza desangelada y contagia a todo el personal a su alrededor. Andrés permanecía ausente sentado sobre aquel pequeño muro de piedra. Movía sus pies, sin alcanzar el suelo, y con ellos las piernas, hasta las rodillas, de un modo tan molesto como inconsciente. En su rostro se podía atisbar cierto gesto de enfado. Fruncía el ceño a niveles inalcanzables, mientras sus labios permanecían sellados, con fuerza. Como queriendo evitar respirar, al menos de cara a Andrea.

Llevaban algo más de dos horas esperando. Para Andrés eso era una auténtica eternidad. Nunca fue bastante paciente, lo cual, a sus cuatro años, era lo más normal del mundo. Todos sabemos que en esa etapa de nuestras vidas, los minutos pasan muy despacio. Después, nos hacemos mayores y perdemos la noción del tiempo. Andrés no sabía cuánto duraba una hora. Para él, “ayer” era cualquier momento pasado. Y “otro día”, la fecha en la que sucederían las cosas que su madre le prometía.
Andrea le había asegurado que esa misma tarde se encontrarían con el viento. Y él se lo había creído, puesto que su hermana jamás le mentiría. Sobre todo, si anteriormente se lo había prometido.

—No te preocupes, si terminas la merienda entera, iremos al otro lado del arroyo, donde termina el prado, y desde allí veremos llegar al viento. — sugirió colocando la palma de su mano hacia el frente, como quien jura un cargo, mientras terminaban el bocadillo que su madre les había preparado antes de ir trabajar.

Andrea, a sus 8 años, era experta en hablar con el viento. Llevaba al menos dos años, seis meses y doce días manteniendo una relación bastante estrecha con él. Todo comenzó una tarde de enero. Andrés dormía la siesta, recostado aparatosamente sobre ella, cuando una particular melodía comenzó a sonar. Andrea sintió un escalofrío que recorrió todo su cuerpo, desde la punta de los dedos de sus pies, hasta la florida diadema que coronaba su cabeza. No podía ser. Ella sabía que era imposible, pero la melodía volvió a sonar, de nuevo. Andrea, inmóvil, helada, descolocada, giró la cabeza, como quien mira debajo de la cama a ver si hay algún monstruo, y no vio nada, tan solo percibió que aquella música debía venir de la ventana. Fuera no había nadie. Vivían en una casa aislada del resto del pueblo, en un terreno que tuvo momentos mejores. Ningún vecino caminaba por allí, puesto que no era un lugar de paso. Su madre tampoco estableció una relación especial con ninguno de los lugareños. Más bien todo lo contrario. Aquel lugar era como el retiro donde van a morir las esperanzas. La casa de puertas gastadas, de contraventanas que golpean la seguridad de quien, inquieto, intenta revivir. Si no fuese por aquella canción, que apareció de la manera más ilógica, nada hubiera tenido sentido allí.

Soplaba el viento, empujaba con fuerza, golpeando contraventanas y cristales, hasta terminar filtrándose por el lugar más insospechado. Era entonces, cuando silbó la misma melodía que su padre les cantaba cada noche, antes de acostarse. Ella la recordaba como si fuese ayer mismo, a pesar de que ya habían pasado tres años desde su muerte. Mamá nunca supo explicarle por qué papá ya no les prepararía tostadas quemadas para desayunar. Por qué no sería capaz de subirse a sus hombros, donde se quedaba dormida durante cada paseo, apoyada sobre su cabeza. Con el tiempo, supo que él estaba en el mismo espacio donde echan a volar los pájaros que después vienen a comer las migas que Andrés deja caer sobre la repisa de la ventana. Supo que podían jugar juntos, corriendo tras el molinillo de papel que ambos pintaron. El viento no es más que el lugar donde descansan las palabras que se dijeron en alguna ocasión. Y ella, aprovechaba para hablar, a su modo, con él. Incluso llegaba a sentir sus dedos, despeinando su flequillo, como lo hacía antaño.

Aquella tarde, Andrés perdió un trozo de su inocencia. Sentado sobre aquel muro, con la mirada perdida, sintiendo como su hermana gritaba el nombre de papá, cargada de rabia. Pasaron más de dos semanas construyendo aquella cometa que poco a poco se caería al suelo, deslizándose entre sus pequeños dedos. Quedando inmóvil, sobre la hierba.

—¡No puedes dejarme otra vez! —sollozaba Andrea a ninguna parte —, si juegas conmigo, también debes jugar con él. Estamos solos. No tenemos a nadie más.

Las palabras, esa vez, y quizá las demás también, se las llevó el viento. Qué complicado es sentir lo que tenemos. Qué extraño es que un vacío llene todo durante tanto tiempo. Qué precioso poder volar, que lo hagan nuestros pensamientos. No hay que temer a la brisa que nos trae recuerdos, los verdaderos huracanes suceden dentro de nuestro pecho.

Andrés volvió a casa, caminaba dos o tres metros detrás de Andrea, que partía desolada. A medio camino, se percató que había dejado la cometa tirada, de forma injusta, como si ésta hubiera tenido culpa alguna por no haber podido volar. Y volvió a por ella, pero no la encontró donde la dejó. Se había deslizado unos cuantos metros y su cola aún serpenteaba.

Atrapados en un GIF

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Lleva una eternidad caminando por aquella ciudad cosmopolita. Pasea vencida, golpeada por los cánones de belleza. El suelo irregular dificulta el paso firme sobre aquellos vertiginosos tacones negros. Cada esquina que dobla resulta idéntica a la anterior. A cada paso, se encuentra con la misma gente, pero solo ella es consciente. Convirtiéndose en una desconocida que ven por primera vez, constantemente.

Al otro lado, un joven espera a que el mismo coche pase una y otra vez, para cruzar la carretera. Una señora sacude un mantel desde el balcón, como quien ondea una bandera cargada de estrellas que se desprenden. Un perro abandonado no llega a entender su soledad. En el lado oeste de la calle está nevando. Como en una bola de esas, repletas de agua y poliespán, que regalan los que se acuerdan de ti en el aeropuerto.

Una madre da el pecho a un bebé insaciable. Un caballero mira la acción indignado, a la vez que fantasea con el busto de aquella mujer. Le ha pillado por sorpresa, como si amamantar fuese una ofensa. Un repartidor busca desesperadamente una dirección, se le echa el tiempo encima. Aún no es consciente que ahora, es y será siempre.

Alguien toca su guitarra desde la cuarta planta de un edificio construido hace más de medio siglo, cuando el tiempo pasaba. Ejecuta un único acorde, acorde al ritmo que ni avanza ni se detiene. Como en un gif interminable.

Hay urnas a pie de calle, donde la gente indignada vota al de siempre. A la salida del colegio, un niño es acosado por dos valientes anónimos. Un empleado recibe en mano los ingresos por trabajar en silencio, sin dejar constancia del tiempo que pasa lejos de los suyos. Y un grupo de niños enganchados al Wifi, escapa de los libros.

En ocasiones, la eternidad dura un segundo que no deja de repetirse.
En ocasiones, dan ganas de irse, pero tardamos la vida en morir.

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En aquel parque de atracciones abandonado aún se escuchaban gritos cayendo desde lo más alto de la montaña rusa. Alguno lo reconocía como mío. Otros, quiero pensar, eran de mi madre. De cuando éramos felices todo el rato, o al menos eso percibía durante mi infancia. Por aquel entonces, y desde mi inocencia, la vida era una sucesión de alegrías provocadas por cualquier tontería. Casi sin razón aparente. Nada tenía sentido y eso le daba sentido a todo.

De pequeño era un poco idiota, sin embargo, con el paso de los años fui completando esa virtud. Aprendí que ser demasiado listo no trae nada bueno. Somos ambiciosos por defecto y curiosos por puro sistema evolutivo. El ser humano necesita descubrir, entender, dominar y sentirse superior ante todo lo que le rodea. Incluso ante nosotros mismos.

Mi madre no le pedía mucho a la vida. Siempre se sentaba en el último vagón. Podía percibir su nerviosismo por el modo en el que entrelazaba sus dedos con los míos, fundiéndolos sobre la barra de seguridad de aquella atracción que odiaba y amaba a partes iguales.

El trayecto en una montaña rusa comienza cuando tomas la decisión de subir en ella. La cola y su larga espera no es más que el tiempo golpeando nuestra conciencia cada segundo, recordándonos que la calma tiene fecha de caducidad. En aquel parque de atracciones abandonado, escucho la risa de mi madre, el sonido de la calma previa a su marcha. En realidad, nunca se fue del todo, su recuerdo sigue alojado en el último vagón. En la parte posterior del miedo a la soledad en la que me encuentro sentado, levantando los brazos. Esperando disfrutar de una caída que me haga sentir vivo.

Incomprendido

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Así suena en mi cabeza lo que escribo.