“cuéntame una canción” hotel california

Historias

Hay cosas que se hacen por defecto, como conducir. Sé que uno se juega la vida en cada momento, y más si vas a una velocidad mayor que tu capacidad de reacción. Pero esa noche, la oscuridad emanaba un aire fresco que acariciaba mi rostro. Tan solo una luz lejana, logró evadirme de esa sensación en la que estaba acomodándome. Un neón que parpadeaba, como quien se enciende a ratos. Pensé que sería buena idea parar el motor y ocupar la mente con un vacío diferente, así que me detuve en el aparcamiento frente a aquel edificio solitario y me bajé del coche.

Caminando llegué hasta la entrada, oí el timbre sonar, antes de presionarlo, juraría, y una bella mujer apareció frente a mí. “Esto puede ser el cielo, o el infierno” pensé para mis adentros. Ella apenas me miró, encendió una vela y me señaló amablemente el camino. Avanzamos a través de un lúgubre pasillo, el suelo desgastado crujía tras cada pisada. Aun así, logré escuchar voces que provenían del más allá, del salón principal, quizá, dándome la bienvenida a aquel lugar.

Aquella mujer lucía joyas hasta en el pelo, y en de sus jeans asomaba un llavero de Mercedes Benz. Pasamos por delante de infinitas puertas, había muchas habitaciones vacías. “Siempre hay sitio, cualquier época del año” comentaba ella, sin dejar de mirar al frente.

Cuando pensaba que aquel pasillo no terminaría jamás, me encontré con hombres de verdad, de los que no existen en la vida real. Guapos, fuertes, correctos. Imaginé, por un momento, que podrían ser objetos sexuales de aquella mujer. “Son solo amigos” sugirió ella al ver mi mirada. Bailaban, bebían vino y olvidaban, o al menos lo pretendían.

Alcé la mirada haciendo un gesto mínimo que llamó la atención del capitán, necesitaba pedirle más vino. Él me sirvió mientras comentaba que no había tanto espíritu allí desde 1969.

Espejos en el techo, champagne en el hielo y el resto… danzando prisioneros. “Por nuestra propia voluntad” comentaba ella mientras el resto se amotinaba, cuchillo en mano, para atacar al capitán. A esa gran bestia que no lograrían matar. Yo solo pensaba en salir corriendo. Alguien, imagino que el portero, el botones o algo parecido me pidió calma. Puedes hacer check-out cuando quieras, pero nunca, y repitió buscando captar la atención de mi mirada perdida, nunca podrás salir.

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la importancia de estar

Historias

¿Qué es una familia normal? ¿Quién decide qué es normal y qué no?
Y si tu familia no es normal, ¿deja de ser tu familia? En mi caso, yo he tenido dos familias a la vez, supongo que no es lo normal, y por eso he llegado a sentir que realmente no he tenido ninguna.

Soy el mediano de tres hermanos, apenas nos llevamos un año y medio entre uno y el siguiente. Mis padres interrumpieron su juventud justo en el momento en el que pretendían escapar de un pasado frío, de una ciudad que no les correspondía, de una familia coja, rota… Como casi todas las grandes, que no por ello buenas, historias, se conocieron en la barra de un bar. Una cerveza llevó a otra, un guiño a una sonrisa, un piropo sucio a una noche de entrega y un embarazo a la oportunidad de jugar a ser mayores. O eso quiero imaginar, porque mis padres no solían darme muchos detalles. Ni siquiera a la hora de explicarme por qué me “abandonaron” cuando tuve un año. Siempre he tenido teorías en mi cabeza, desde niño, pero cada vez me suenan peor. Sobre todo ahora que soy padre. No me imagino qué lleva a una madre a abandonar a su hijo mediano.

Pero no era un abandono como tal, ya que cuando a ellos les apetecía verme debía olvidarme de mi familia real (la no biológica) e ir a pasar el fin de semana con ellos. Recuerdo que de niño solía esconderme bajo una mesa de cristal, llorando, porque no quería ir a esa casa. Es terrible despertar y no saber qué vida estás viviendo, te descoloca para siempre.

En teoría, y no puedo confirmarlo al 100%, mi madre estuvo muy enferma y unos vecinos, que eran como de la familia, puesto que fueron quienes criaron a mi padre, se hicieron cargo de mí durante un tiempo. Una temporada que terminó prolongándose durante toda la vida. Hasta que a los 18 años decidí volver a esa casa “biológica”.

Dicen que el pasado nos condiciona, y no lo niego, pero uno no puede escudarse en tiempos peores para echar por la borda su vida. Mi padre sí lo hizo. Mi abuelo, de familia de bien, tuvo un hijo con mi abuela, de familia de mal. Tristemente, él falleció con 24 años, siendo mi padre un bebé. La familia de mi abuelo no quiso saber nada de mi abuela, ni del pequeño, incluso le negaron el apellido. Por lo que ella, se resguardó en el vino, del bueno, del malo, qué más daba. A esas alturas todos los tragos de la vida sabían fatal. Mi padre creció con la carencia del suyo, pero tuvo dos madres, al 50%. Una vecina suya fue quien le crió, y entró a formar parte de una familia que vivía en el piso de arriba. Por las noches era hijo único, pero por el día no.

Una de sus “hermanas” fue quien me acogió en su seno. Me cuidó en tiempos complicados y siguió haciéndolo hasta el fin de sus días. Yo, la llamaba tía. Pero no lo era, para mí, era una madre. Por lo tanto, tuve la suerte de crecer en un ambiente que me ha hecho ser lo que soy hoy en día. La suerte de tener dos hermanos mayores, que sin serlo, lo fueron realmente. Y el honor de crecer junto a un señor serio, firme, frío, pero que siempre estaba a mi lado. En ocasiones nos mirábamos como dos desconocidos. Sobre todo cuando sus hijos partieron, sus nietas nacieron y yo, a mis 18… me sentía fuera de lugar. No encajaba en aquella casa vacía, cargada de recuerdos que ya no llevaban mi nombre.

Volví a casa de mis otros padres, los biológicos, los que ejercían por antojo cuando les parecía. Lo sé, es un lío. Y allí me eché a perder. Hasta que me encontró quien ahora es mi pareja, mi mujer, la persona que da sentido a todo. La madre de mis hijas.

El pasado pesa pero pasa. Y aunque aún tenga sueños por la noche, intentando descubrir por qué mis padres biológicos no quisieron abrirme la puerta de su casa cuando fui a presentarles a mi primera hija, salí adelante e hice lo que debía hacer. Volcarme con mi familia.

Aquel caballero con el que me crié, y que quise más que a un padre, perdió su memoria a medida que mi hija iba tomando conciencia de sus propios pensamientos. Después marchó, para siempre, pero yo le recuerdo cada día y me siento agradecido. Mucho. Ahora que soy padre, entiendo el tremendo valor que tiene haberme dejado ser su hijo.

Maite zaitut, aita.

Tú en él

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falda

 

Resulta eterna
esta brevedad.

Esta cuesta arriba
que me eleva
a lo más profundo,
hasta no poder
caer más bajo.

Mira mamá,
sin manos,
sin hacer pie
desde el día
en el que nos miramos.

Y es que los momentos
son el tiempo
cuando se mide
en intensidad.

Bastó con tentarnos
para contentarnos
sin contenernos,
sólo con tenernos.

Contábamos con la complicidad
de complicarnos por igual.

Veo el viento azotando tu falda
a media asta,
dejando desnudas
tus rodillas.

Y al final del túnel
tú en él.

La verdad siempre pesa.
Sabes que estás perdido
cuando te enganchas
a sus defectos.

¿La verdad? Me viene fatal
que me vengas a la cabeza.

Necesito cometer un nuevo error,
para no encasillarme.
Si te vas déjalo todo tirado,
tal y como
me encontraste.

Y de pronto,
pasa la vida.

Amar,
aman los fanáticos
del querer.

La vulgaridad
es resultar insólito,
como el resto.

La verdad
está ahí afuera
contando mentiras.

Y aunque seamos indecentes,
en el fondo tú y yo
no somos tantos
como para que sobre gente.

Busco mi trozo de infierno,
porque el cielo ya lo tengo ganado.

Vivir es competir,
sentir, amar,
mirar hacia otro lado
y salir airoso de un tornado.

Mi pequeña duerme

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Mi pequeña duerme en una cama inmensa, cubierta con una colcha donde habitan dragones estampados que no dejan espacio para las princesas.

Mi pequeña duerme y en su mente un recuerdo la hace sonreír, es un gesto involuntario, como lo son todas las sonrisas verdaderas.

Mi pequeña teme quedarse sola, y por eso me acuesto con ella. No le gusta la compañía que siente en la oscuridad.

Mi pequeña me ha pedido una nana improvisada. A mí, que siempre recurro a la misma melodía, una pausada que me provoca bostezos.

No soy el mejor cantautor del mundo, quizá tampoco de la habitación en la que nos encontramos, pero sí de su mundo.

Y nos convertimos en protagonistas de un musical, yo tarareo y ella cierra los ojos fuertemente, para poder vernos mejor.

Mi pequeña tiene el pelo rizado, infinitos bucles indomables le dan una personalidad con la que debe convivir. Todo el mundo quiere tocárselo y ella se siente incómoda.

Mi pequeña magnifica sus problemas, que no son más pequeños que los míos. Y yo la escucho, la comprendo e intento hacerle ver que la sensibilidad no está al alcance de cualquiera.

Que el respeto es cuestión de empatía, de educación, de ser coherente con el resto de seres vivos. Todos somos dueños de nuestro cuerpo, y sobre todo, de nuestros sueños.

Mi pequeña duerme y el tiempo se ha parado, será porque este recuerdo va a perdurar por siempre.