Dos poemas, o algo parecido

Historias

I

Como un completo desconocido
caigo vencido ante tu indiferencia.
El tiempo pasado a nuestro lado,
no se para, pero nos contempla.

La ciudad me habla de ti en cada esquina,
no hay calle que calle.
Las pisadas no dicen nada,
las aceras desgastadas son solo rutina.

No hay nombre de parque que no te nombre.
Ni avenida bien avenida.
Antes, todo esto era monte.
Ahora es ella.

Ni te olvido ni me perdono.
Soy un algo callejero, un caminante.
Arrastro los pies,
me deslizo tras un desliz importante.

Mi casa ha cambiado la cerradura.
Mi casero es un florero.
Mi habitación está llena de espacio
que se mueve despacio.

¿Qué puede salir mal cuando todo va fatal?
A lo mejor todo se tuerce hasta enderezarse.
A lo peor no. Quién sabe.

Como un completo desconocido
caigo vencido ante tu indiferencia.
El tiempo pasado a nuestro lado,
no se para, pero nos contempla.

 

II

La princesa le hizo la cobra al sapo.
Se resguardaba tras los dragones.
Nunca dejó caer su cabellera por la ventana.
La princesa se hacía la dormida,
y se empachaba a manzanas.

La princesa no usaba zapatos de cristal
ni volvía a casa antes de las 12.
La princesa no montaba en calabaza.
Su vestido no era largo, ni de noche.

Usaba medias de rejilla y una camiseta rasgada.
La princesa tenía una corona, tatuada.
Su padre no era real, ni su madre reinaba.
Fue abandonada a la suerte,
y la suerte le dejó abandonada.

La princesa no reía a carcajadas.
Pero se tocaba.
A solas disfrutaba de la vida.
El paso del tiempo es el proceso de vivir.
Pensaba.

No había príncipe que no fuera verdugo.
A lo mejor un bufón que invitaba a copas.
Caballeros quedan pocos y están todos ocupados,
en otras cruzadas.

El maquillaje resaltaba lo mejor de su tristeza.
El rimel corrido, los coloretes desubicados.
Su mirada de cuento, de esos que terminan en lamento.

Anuncios

Uno y dos

Historias

Nos miramos con la seguridad de quien lo tiene todo perdido y ya no siente dolor alguno ante un vacío en el que yace acomodado.

Nos dijimos, con diversos silencios, todo lo que nunca nos atrevimos a callar. Mientras tanto, la luna, oportuna, iluminando otro mundo, nunca el nuestro.

Tú, soplabas las nubes, como quien pide un deseo mientras intenta apagar la rebelde, e intermitente, vela de una tarta ajena. Nunca tuvimos aniversarios de nada, a pesar de llevar, a cuestas, media vida juntos. Nunca cumplimos nada, ni palabra. Nuestras promesas fueron verdades adaptadas a una mentira que padecíamos unidos. Uno y dos. Fuimos multitud.

Nos deseamos como quien ama sin lógica alguna, sumido en una locura que mantiene a flote la cordura de un sentimiento pasivo. Como quien quiere al despiste, imaginando ser otra persona que, a su vez, se lo monta con alguien diferente.

Nos desconocimos después de habernos consumido, mucho después de haber puesto del revés el ordenado tiempo que juntos perdimos. 

Dime qué puedo hacer, si ya todo lo deshicimos. Dime qué piensas, si tienes en mente mi ausencia o su nombre. Si le recuerdas a él, como quien se arrepiente de algo que, sin duda alguna, volvería a hacer. Dime si algo vale la pena y deja de soplar, que se enfría la vida antes de que termines la cena. 

Supe que ser el primero, tu amor verdadero, no sería ninguna garantía. Sin embargo, tú, eres mi amor por descarte, mi vigésima oportunidad, mi bala perdida alojada en la nada, justo al otro lado del frío cañón que descansa en mi sien, como queriendo llamar a la acción.

Me miro y resulto un juguete en manos de quien promete y olvida las mentiras, dejándolas desnudas ante la verdad. 

Justo ahora que estaba encontrándome a mí mismo, resulta que soy el otro. Por simple orden cronológico. Y lo entiendo. No di la talla, quizá por vértigo, a estas alturas, de no estar por encima de tus expectativas. Quizá llegué demasiado pronto, o se me ha hecho tarde fingiendo que puedo darte una vida que ni siquiera comprendo.

No soy compatible con el dolor que deja el fracaso, pero en el fondo me he acostumbrado y pierdo por defecto. Por no salir de mi zona de confort vivo en fuera de juego.

Iba a echarte la culpa de todo, pero se me ha caído encima. Me he puesto perdido de mí, conmigo. Sin ti, con otro. Un desconocido.

como en un cuento

Historias

Javi, apagó la luz de la habitación, desde la cama, estirando el brazo sobre la frente de Andrea. Algunos rayos de sol, que aún merodeaban afuera, se filtraban entre las láminas de una persiana que descansaba en el suelo. A un lado, sujeto en un enchufe de la pared, un aparato anti-mosquitos zumbaba en silencio mientras desprendía una, casi inapreciable, luz roja.

Sobre el cabezal de la cama, muñecos. Todos los peluches que alguna vez durmieron con Andrea esperaban su turno pacientemente. A su izquierda, sobre una pequeña mesita de noche con dos cajones repletos de calcetines y ropa interior de la talla 3-4, un marco con un recuerdo dentro. Hace exactamente un año, durante el verano pasado, Andrea se fotografió junto a sus padres. Los tres sostenían una sonrisa insostenible, desbordante. Al fondo, un atardecer cualquiera en una playa del montón, sin nada de peculiar. A pesar de ello, ese momento se convertiría en un anhelo para los dos. A Javi le costaba mirar de frente al pasado, por lo que siempre giraba el marco lo suficiente para no sentir el azote de algo tan reciente. Hay recuerdos que viven en el olvido, en el purgatorio de las sensaciones que dejamos a un lado, como quien pide tiempo en una relación, sabiendo que tarde o temprano va a volver.

Andrea miraba, abrazaba, besaba e incluso, en ocasiones, dormía con esa fotografía. Esa noche, Javi se acostó con su pequeña. Últimamente leían cuentos antes de dormir. Habían tomado esa preciosa costumbre, la cual hace unos meses ni siquiera entraba en los planes de ambos, que nunca compartieron mucho tiempo juntos. Andrea descubrió que le gustaba interrumpir la narración de su padre añadiendo datos que, pensaba, quizá se le hubieran pasado por alto. Siempre había algún detalle que interpretar en las ilustraciones de los cuentos. Cada lectura era nueva, incluso aun sabiéndose ambos de memoria, la ya desgastada historia. Para Javi, ese se había convertido en su momento favorito del día. Por una parte, le ponía nervioso tanta interrupción, era como si leyese para sí mismo mientras su pequeña trataba otro tema lateral. Además, tampoco le gustaba tener que leer el mismo cuento cada noche, pero con el tiempo descubriría que era mejor eso que caer en un nuevo mundo, más oscuro, del cual quizá no saldrían siendo las mismas personas que antes.

El lunes pasado, se atrevió con un clásico de Hans Christian Andersen, “La niña de las cerillas”. Hacía tanto desde la última lectura, siendo él niño, que se convirtió en el primer sorprendido ante la dureza de un relato “infantil”. Al principio leía en alto, mientras Andrea levantaba la cabeza, sentándose de puntillas, con la intención de saciar su curiosidad. Quería poner rostro a la pequeña del cuento. Su padre leía con el libro alzado, como protegiéndolo, sentado sobre la cama. Normalmente leía recostado, pero esta vez permanecía alerta. Durante un instante reinó el silencio en la habitación, tan solo interrumpido por el sonido de las páginas al pasar. Javi leía la obra para sí mismo. Su rostro dejaba entrever que no era el mejor momento para tratar un drama, no de ese modo. A decir verdad, la mayoría de los cuentos comienzan en una situación dramática. Todos los protagonistas sufren la pérdida de sus progenitores, o se enfrentan a fieras que quieren devorarlas o a brujas que pretenden cocinarles. Javi se preguntaba cómo había crecido con esas historias, siendo capaz de conciliar el sueño con aquellos thrillers dramáticos en mente. Supongo que las ilustraciones ayudaban y que, tal y como hacía Andrea cada noche, él también se sumía en la historia paralela que habitaba tras los dibujos. Uno se hace mayor cuando comienza a leer letras. A solas, desnudas, sin más compañía que un inesperado salto de línea.

Viento

Historias

Confiaban en que el viento asomase con fuerza esa misma tarde. Andrea soplaba su flequillo, queriendo provocar a la naturaleza. Como quien bosteza desangelada y contagia a todo el personal a su alrededor. Andrés permanecía ausente sentado sobre aquel pequeño muro de piedra. Movía sus pies, sin alcanzar el suelo, y con ellos las piernas, hasta las rodillas, de un modo tan molesto como inconsciente. En su rostro se podía atisbar cierto gesto de enfado. Fruncía el ceño a niveles inalcanzables, mientras sus labios permanecían sellados, con fuerza. Como queriendo evitar respirar, al menos de cara a Andrea.

Llevaban algo más de dos horas esperando. Para Andrés eso era una auténtica eternidad. Nunca fue bastante paciente, lo cual, a sus cuatro años, era lo más normal del mundo. Todos sabemos que en esa etapa de nuestras vidas, los minutos pasan muy despacio. Después, nos hacemos mayores y perdemos la noción del tiempo. Andrés no sabía cuánto duraba una hora. Para él, “ayer” era cualquier momento pasado. Y “otro día”, la fecha en la que sucederían las cosas que su madre le prometía.
Andrea le había asegurado que esa misma tarde se encontrarían con el viento. Y él se lo había creído, puesto que su hermana jamás le mentiría. Sobre todo, si anteriormente se lo había prometido.

—No te preocupes, si terminas la merienda entera, iremos al otro lado del arroyo, donde termina el prado, y desde allí veremos llegar al viento. — sugirió colocando la palma de su mano hacia el frente, como quien jura un cargo, mientras terminaban el bocadillo que su madre les había preparado antes de ir trabajar.

Andrea, a sus 8 años, era experta en hablar con el viento. Llevaba al menos dos años, seis meses y doce días manteniendo una relación bastante estrecha con él. Todo comenzó una tarde de enero. Andrés dormía la siesta, recostado aparatosamente sobre ella, cuando una particular melodía comenzó a sonar. Andrea sintió un escalofrío que recorrió todo su cuerpo, desde la punta de los dedos de sus pies, hasta la florida diadema que coronaba su cabeza. No podía ser. Ella sabía que era imposible, pero la melodía volvió a sonar, de nuevo. Andrea, inmóvil, helada, descolocada, giró la cabeza, como quien mira debajo de la cama a ver si hay algún monstruo, y no vio nada, tan solo percibió que aquella música debía venir de la ventana. Fuera no había nadie. Vivían en una casa aislada del resto del pueblo, en un terreno que tuvo momentos mejores. Ningún vecino caminaba por allí, puesto que no era un lugar de paso. Su madre tampoco estableció una relación especial con ninguno de los lugareños. Más bien todo lo contrario. Aquel lugar era como el retiro donde van a morir las esperanzas. La casa de puertas gastadas, de contraventanas que golpean la seguridad de quien, inquieto, intenta revivir. Si no fuese por aquella canción, que apareció de la manera más ilógica, nada hubiera tenido sentido allí.

Soplaba el viento, empujaba con fuerza, golpeando contraventanas y cristales, hasta terminar filtrándose por el lugar más insospechado. Era entonces, cuando silbó la misma melodía que su padre les cantaba cada noche, antes de acostarse. Ella la recordaba como si fuese ayer mismo, a pesar de que ya habían pasado tres años desde su muerte. Mamá nunca supo explicarle por qué papá ya no les prepararía tostadas quemadas para desayunar. Por qué no sería capaz de subirse a sus hombros, donde se quedaba dormida durante cada paseo, apoyada sobre su cabeza. Con el tiempo, supo que él estaba en el mismo espacio donde echan a volar los pájaros que después vienen a comer las migas que Andrés deja caer sobre la repisa de la ventana. Supo que podían jugar juntos, corriendo tras el molinillo de papel que ambos pintaron. El viento no es más que el lugar donde descansan las palabras que se dijeron en alguna ocasión. Y ella, aprovechaba para hablar, a su modo, con él. Incluso llegaba a sentir sus dedos, despeinando su flequillo, como lo hacía antaño.

Aquella tarde, Andrés perdió un trozo de su inocencia. Sentado sobre aquel muro, con la mirada perdida, sintiendo como su hermana gritaba el nombre de papá, cargada de rabia. Pasaron más de dos semanas construyendo aquella cometa que poco a poco se caería al suelo, deslizándose entre sus pequeños dedos. Quedando inmóvil, sobre la hierba.

—¡No puedes dejarme otra vez! —sollozaba Andrea a ninguna parte —, si juegas conmigo, también debes jugar con él. Estamos solos. No tenemos a nadie más.

Las palabras, esa vez, y quizá las demás también, se las llevó el viento. Qué complicado es sentir lo que tenemos. Qué extraño es que un vacío llene todo durante tanto tiempo. Qué precioso poder volar, que lo hagan nuestros pensamientos. No hay que temer a la brisa que nos trae recuerdos, los verdaderos huracanes suceden dentro de nuestro pecho.

Andrés volvió a casa, caminaba dos o tres metros detrás de Andrea, que partía desolada. A medio camino, se percató que había dejado la cometa tirada, de forma injusta, como si ésta hubiera tenido culpa alguna por no haber podido volar. Y volvió a por ella, pero no la encontró donde la dejó. Se había deslizado unos cuantos metros y su cola aún serpenteaba.