abandonado

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En aquel parque de atracciones abandonado aún se escuchaban gritos cayendo desde lo más alto de la montaña rusa. Alguno lo reconocía como mío. Otros, quiero pensar, eran de mi madre. De cuando éramos felices todo el rato, o al menos eso percibía durante mi infancia. Por aquel entonces, y desde mi inocencia, la vida era una sucesión de alegrías provocadas por cualquier tontería. Casi sin razón aparente. Nada tenía sentido y eso le daba sentido a todo. De pequeño era un poco idiota, sin embargo, con el paso de los años fui completando esa virtud. Aprendí que ser demasiado listo no trae nada bueno. Somos ambiciosos por defecto y curiosos por puro sistema evolutivo. El ser humano necesita descubrir, entender, dominar y sentirse superior ante todo lo que le rodea. Incluso ante nosotros mismos. Mi madre no le pedía mucho a la vida. Siempre se sentaba en el último vagón. Podía percibir su nerviosismo por el modo en el que entrelazaba sus dedos con los míos, fundiéndolos sobre la barra de seguridad de aquella atracción que odiaba y amaba a partes iguales. El trayecto en una montaña rusa comienza cuando tomas la decisión de subir en ella. La cola y su larga espera no es más que el tiempo golpeando nuestra conciencia cada segundo, recordándonos que la calma tiene fecha de caducidad. En aquel parque de atracciones abandonado, escucho la risa de mi madre, el sonido de la calma previa a su marcha. En realidad, nunca se fue del todo, su recuerdo sigue alojado en el último vagón. En la parte posterior del miedo a la soledad en la que me encuentro sentado, levantando los brazos. Esperando disfrutar de una caída que me haga sentir vivo.

Incomprendido

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Así suena en mi cabeza lo que escribo.

restos amontonados

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Siento que comparto lecho con un desconocido que ocupa mi lado de la cama. Que me acuesto cada noche con la mitad sobrante de quien me completaba. Siento que me desnudo ante sus ojos y de pronto, no me acepto. Me siento ruborizado, surrealista, un garabato con sobrepeso, un joven gastado por los cuatro costados. Mis arrugas no son más que las grietas de sonrisas ya muertas. Mi pelo cae mientras miro hacia otro lado, mis manías crecen pero no se independizan. Sólo las alegrías se han emancipado. En ocasiones practicamos sexo juntos pero nunca nos miramos, ambos imaginamos que lo hacemos con otra persona, con la misma. Con el paso de los daños vamos sumando desaires mientras restamos importancia a lo que nos divide, y el vacío se multiplica. En este cuerpo ya no hay sitio para dos personas. Mi espacio se consume despacio y los muros alzados se desvanecen sobre mis sentimientos, cubriéndolos de restos amontonados, como en una tragedia que nadie percibe desde el otro lado, porque nunca ha sucedido. Quizá sea una batalla constante conmigo. Cada noche me acuesto y no me reconozco. Siento que comparto lecho con un desconocido que ocupa mi lado de la cama, pero soy yo, incomprendido.

9

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Duele la derrota. Duele como duelen las cosas que más quiero.

Duele porque si tú caes, yo caigo contigo.

Duele porque mañana es lunes, a pesar de no serlo.

Duele porque era la copa del rey. Porque hubo un tiempo de cuento, muy muy lejano, en el que éramos los reyes de copas.

Aún así, lo tuvimos al alcance de la mano. Plantamos cara al mejor equipo del mundo, con once de la cantera. Un once muy nuestro, por eso duele más, si cabe, a la vez que reconforta.

No entiendo una pasión que te deje indiferente.

Somos el Athletic, y cuando juega, todos jugamos con él. Cuando gana, ganamos y si pierde, duele.

Es hora de lamerse las heridas y levantar la mirada. Esto es cuestión de meterla en la próxima jornada.

Eso sí, no cambio por nada del mundo este dolor, porque en el momento que no duela, algo dentro de nosotros habrá muerto.