Kobazuloa

Historias

Dicen que, de la cueva de Mari, en el monte Anboto, uno debe salir del mismo modo en el que ha entrado. No es posible girarse y correr en dirección opuesta. Eso no es viable. Quien lo hiciese volvería a la densa oscuridad de la gruta, una y otra vez. Como quien tropieza con un vacío y cae escalonadamente sin  lograr salir de allí. Al menos no del todo. Para entendernos, digamos que, si entras caminando hacia el frente, lo suyo es salir desandando cada paso, marcha atrás. Como si rebobinásemos un vídeo. 

Dicen muchas cosas sobre Mari, la bruja, la diosa vasca. Que cuando está triste llueve y si se enfada truena. Los baserritarrak comentan que el clima de la zona varía según en qué morada se encuentre resguardada en aquel momento. Los montes son de ella, suyos son los manantiales e incluso la voluntad de quien camina entre sus tierras. Aseguran los montañeros que se han perdido en sus dominios que, cuando el silencio se vuelve ensordecedor, justo antes de enloquecer y ser engullidos por el desamparo, el canto de Mari, a lo lejos, les guía hacia la cordura. Como la primera nana, previa a un sueño profundo, que emergió de los labios de la ama. 

Yo puedo desmentir muchas de estas historias, del mismo modo que puedo narraros verdades más escalofriantes porque vivo en su cueva y ahora soy yo quien decide dónde lanzar una tormenta. Míos son los manantiales y la voluntad de quien bebe de ellos. 

Dicen que la infancia permanece siempre en nuestro recuerdo, como un pasado que fue mejor. Yo no tuve ningún futuro, fallecí siendo niño, con apenas doce años. Recuerdo mi última mañana con vida. Fue en mayo. Bizkor, el perro pastor de la familia, y yo salimos temprano del caserío. Teníamos una misión: asegurar la calma de más de 60 ovejas latza. Debían pastar sin sobresaltos. ¿Qué sobresalto puede alarmar a una oveja como para que su leche dejase de ser útil? Al menos aquella mañana no llovía, que ya era algo. Siempre he afrontado los días con un estado de ánimo acorde a la climatología. Es decir, si amanecía nublado me levantaba a medio gas, si llovía me deprimía y si salía el sol, el optimismo se imponía ante cualquier pensamiento negativo. 

Eran las dos de la tarde, lo supe porque mi estómago rugió como siempre a la hora de comer. Bizkor dormía, las ovejas permanecían inmóviles, como si fuesen de cartón y yo, tras comer el bocata de tortilla que ama me había preparado, me recosté sobre el zurrón y cerré los ojos. No recuerdo en qué momento me quedé dormido, quizá soñase antes incluso de cerrar los párpados. En ocasiones, la realidad se infiltra en los sueños y va tomando forma poco a poco. 

Los ladridos de Bizkor lograron despertarme, aunque todo era bastante confuso. Las ovejas habían desaparecido, el cielo estaba encapotado y yo me encontraba de pie ante la boca de una cueva. ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Seguiría dormido? Por desgracia, si sueñas que duele un pellizco no hay forma de saber si estás despierto o no. 

El aullido de Bizkor surgió del fondo de aquella gruta, no había duda. Un impulso me llevó a avanzar sin pensármelo dos veces. ¿Qué más daba si aquello era real o no? Un amigo no abandona a otro ni en sueños. Aceleré el paso, tropecé varias veces y caí al suelo. Caminé a cuatro patas y solté un aullido que debió sonar fuera de la cueva. Entonces, escuché los pasos de alguien adentrándose en la misma, corriendo hacia mi posición hasta caer a mis pies, prolongando así el bucle. Fui yo mismo, fui Bizkor, fui la presencia de ambos, agazapados bajo un denso manto negro. El silencio en aquel espacio, frío y tenebroso, comenzó a adueñarse de nuestra mente. 

El miedo no es más que un impulso creativo que nos impide avanzar. 

En aquel instante, vi (vimos) la silueta de una mujer. Parte de su melena descansaba en el suelo y, en sus manos, un mechón domándose entre las púas de un peine de oro que manejaba mientras tarareaba una canción. El sonido de su canto apareció después, como quien ve el rayo en una tormenta y cuenta los segundos para saber lo lejos que se encuentra de la misma. Marí se acercó a nosotros y se arrodilló hasta colocarse a la altura de nuestros ojos. Era preciosa, era mi ama, era el recuerdo del abrazo de aita. Eran todas las cosas que me hacían sentir bien. Mari era inspiración, era poder desmedido y yo un niño agazapado. 

Salí de aquella cueva. Caminando hacia el frente. Fuera, el cielo ya no estaba encapotado. Las ovejas seguían allí, Bizkor dormía, como al principio, incluso yo estaba a su lado. Inmóvil, frío, sobre mi zurrón.

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La canción de Bruna

Historias

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Hace un tiempo os fui hablando de Bruna, la pequeña elefantita, protagonista de una obra que hemos realizado Paul Caballero y yo, con mucho mucho cariño. Pues ESTAMOS MUY, MUY CONTENTOS porque a partir de ya podéis encontrar a Bruna en algunas librerías y webs.

“La canción de Bruna” trata el alzhéimer de un modo onírico y personal. Puesto que es una historia que nace de una situación real y muy emotiva.

Poco a poco estará en Amazon, El Corte Inglés, Fnac… y todas las grandes y pequeñas librerías.
Además, Bruna y sus amigos también hablan catalán, por lo que estamos muy, muy orgullosos.

Haremos presentaciones e intentaremos difundir la obra por cada rincón. Hoy, sin duda, es un día de celebración. Adjunto el enlace de la web de Ediciones Jaguar, con la obra, por si queréis pasaros a echar un vistazo.

GRACIAS A TODOS por el apoyo mostrado hasta ahora.

http://edicionesjaguar.com/titulos_…/468-la_cancion_de_bruna

“cuéntame una canción” hotel california

Historias

Hay cosas que se hacen por defecto, como conducir. Sé que uno se juega la vida en cada momento, y más si vas a una velocidad mayor que tu capacidad de reacción. Pero esa noche, la oscuridad emanaba un aire fresco que acariciaba mi rostro. Tan solo una luz lejana, logró evadirme de esa sensación en la que estaba acomodándome. Un neón que parpadeaba, como quien se enciende a ratos. Pensé que sería buena idea parar el motor y ocupar la mente con un vacío diferente, así que me detuve en el aparcamiento frente a aquel edificio solitario y me bajé del coche.

Caminando llegué hasta la entrada, oí el timbre sonar, antes de presionarlo, juraría, y una bella mujer apareció frente a mí. “Esto puede ser el cielo, o el infierno” pensé para mis adentros. Ella apenas me miró, encendió una vela y me señaló amablemente el camino. Avanzamos a través de un lúgubre pasillo, el suelo desgastado crujía tras cada pisada. Aun así, logré escuchar voces que provenían del más allá, del salón principal, quizá, dándome la bienvenida a aquel lugar.

Aquella mujer lucía joyas hasta en el pelo, y en de sus jeans asomaba un llavero de Mercedes Benz. Pasamos por delante de infinitas puertas, había muchas habitaciones vacías. “Siempre hay sitio, cualquier época del año” comentaba ella, sin dejar de mirar al frente.

Cuando pensaba que aquel pasillo no terminaría jamás, me encontré con hombres de verdad, de los que no existen en la vida real. Guapos, fuertes, correctos. Imaginé, por un momento, que podrían ser objetos sexuales de aquella mujer. “Son solo amigos” sugirió ella al ver mi mirada. Bailaban, bebían vino y olvidaban, o al menos lo pretendían.

Alcé la mirada haciendo un gesto mínimo que llamó la atención del capitán, necesitaba pedirle más vino. Él me sirvió mientras comentaba que no había tanto espíritu allí desde 1969.

Espejos en el techo, champagne en el hielo y el resto… danzando prisioneros. “Por nuestra propia voluntad” comentaba ella mientras el resto se amotinaba, cuchillo en mano, para atacar al capitán. A esa gran bestia que no lograrían matar. Yo solo pensaba en salir corriendo. Alguien, imagino que el portero, el botones o algo parecido me pidió calma. Puedes hacer check-out cuando quieras, pero nunca, y repitió buscando captar la atención de mi mirada perdida, nunca podrás salir.

la importancia de estar

Historias

¿Qué es una familia normal? ¿Quién decide qué es normal y qué no?
Y si tu familia no es normal, ¿deja de ser tu familia? En mi caso, yo he tenido dos familias a la vez, supongo que no es lo normal, y por eso he llegado a sentir que realmente no he tenido ninguna.

Soy el mediano de tres hermanos, apenas nos llevamos un año y medio entre uno y el siguiente. Mis padres interrumpieron su juventud justo en el momento en el que pretendían escapar de un pasado frío, de una ciudad que no les correspondía, de una familia coja, rota… Como casi todas las grandes, que no por ello buenas, historias, se conocieron en la barra de un bar. Una cerveza llevó a otra, un guiño a una sonrisa, un piropo sucio a una noche de entrega y un embarazo a la oportunidad de jugar a ser mayores. O eso quiero imaginar, porque mis padres no solían darme muchos detalles. Ni siquiera a la hora de explicarme por qué me “abandonaron” cuando tuve un año. Siempre he tenido teorías en mi cabeza, desde niño, pero cada vez me suenan peor. Sobre todo ahora que soy padre. No me imagino qué lleva a una madre a abandonar a su hijo mediano.

Pero no era un abandono como tal, ya que cuando a ellos les apetecía verme debía olvidarme de mi familia real (la no biológica) e ir a pasar el fin de semana con ellos. Recuerdo que de niño solía esconderme bajo una mesa de cristal, llorando, porque no quería ir a esa casa. Es terrible despertar y no saber qué vida estás viviendo, te descoloca para siempre.

En teoría, y no puedo confirmarlo al 100%, mi madre estuvo muy enferma y unos vecinos, que eran como de la familia, puesto que fueron quienes criaron a mi padre, se hicieron cargo de mí durante un tiempo. Una temporada que terminó prolongándose durante toda la vida. Hasta que a los 18 años decidí volver a esa casa “biológica”.

Dicen que el pasado nos condiciona, y no lo niego, pero uno no puede escudarse en tiempos peores para echar por la borda su vida. Mi padre sí lo hizo. Mi abuelo, de familia de bien, tuvo un hijo con mi abuela, de familia de mal. Tristemente, él falleció con 24 años, siendo mi padre un bebé. La familia de mi abuelo no quiso saber nada de mi abuela, ni del pequeño, incluso le negaron el apellido. Por lo que ella, se resguardó en el vino, del bueno, del malo, qué más daba. A esas alturas todos los tragos de la vida sabían fatal. Mi padre creció con la carencia del suyo, pero tuvo dos madres, al 50%. Una vecina suya fue quien le crió, y entró a formar parte de una familia que vivía en el piso de arriba. Por las noches era hijo único, pero por el día no.

Una de sus “hermanas” fue quien me acogió en su seno. Me cuidó en tiempos complicados y siguió haciéndolo hasta el fin de sus días. Yo, la llamaba tía. Pero no lo era, para mí, era una madre. Por lo tanto, tuve la suerte de crecer en un ambiente que me ha hecho ser lo que soy hoy en día. La suerte de tener dos hermanos mayores, que sin serlo, lo fueron realmente. Y el honor de crecer junto a un señor serio, firme, frío, pero que siempre estaba a mi lado. En ocasiones nos mirábamos como dos desconocidos. Sobre todo cuando sus hijos partieron, sus nietas nacieron y yo, a mis 18… me sentía fuera de lugar. No encajaba en aquella casa vacía, cargada de recuerdos que ya no llevaban mi nombre.

Volví a casa de mis otros padres, los biológicos, los que ejercían por antojo cuando les parecía. Lo sé, es un lío. Y allí me eché a perder. Hasta que me encontró quien ahora es mi pareja, mi mujer, la persona que da sentido a todo. La madre de mis hijas.

El pasado pesa pero pasa. Y aunque aún tenga sueños por la noche, intentando descubrir por qué mis padres biológicos no quisieron abrirme la puerta de su casa cuando fui a presentarles a mi primera hija, salí adelante e hice lo que debía hacer. Volcarme con mi familia.

Aquel caballero con el que me crié, y que quise más que a un padre, perdió su memoria a medida que mi hija iba tomando conciencia de sus propios pensamientos. Después marchó, para siempre, pero yo le recuerdo cada día y me siento agradecido. Mucho. Ahora que soy padre, entiendo el tremendo valor que tiene haberme dejado ser su hijo.

Maite zaitut, aita.